
Primera Parte
El General Paredes, cuando escuchó la noticia, sufrió un colapso de nervios que no le permitió terminar lo que estaba haciendo en esos momentos. El trago a la roca que bebía esa noche se le derramó sobre su impecable uniforme de gala.
Era el 22 de mayo del año 2007. La señora Rosita, en casa, seguía muy triste por la ausencia de su quinto hijo, nacido de la unión con el empresario José Benito, quien heredó la sapiencia de su padre, el responsable de la dinastía que había tomado varias veces las riendas de la ciudad. Ya sus ojos cansados no tenían lágrimas qué derramar; todas se habían ido con la muerte violenta de su hijo mayor, con la partida repentina de su esposo y ahora con la separación obligada de su hijo Mauricio. En su espíritu aún anidaba la esperanza de volverlo a ver, regresando a casa con el mismo rostro sonriente y con el que se había ido la última vez. Ella no sabía lo que al General Paredes le acababan de informar hacía unos minutos y cuya noticia le había causado un desbarajuste emocional. El Ejército se preocupaba en el entonces por cambiar la mala imagen que lo mostraba como el responsable de las transgresiones a los derechos humanos, por lo que una novedad tan dañina como la que le acababan de entregar, daba al traste con el nuevo perfil que le querían imponer a la institución castrense.
Mauricio, sin que lo supiera su madre Rosita, había sido asesinado ese día por la mañana en medio de un cruce de fuego entre las tropas del Ejército y el grupo guerrillero que lo mantenía en cautiverio. Su crimen, según los testimonios que se presentaron después en el juicio que se llevó a cabo ante la justicia penal militar, enseñó una vez más que ser víctima de un secuestro en Colombia era un asunto de vida o muerte, sobretodo cuando intervenían las fuerzas militares. Un riesgo que nadie quería tomar, para no llevar ese peso en la conciencia. Y es que el muerto, en esa ocasión, no fue uno cualquiera. Se trató del miembro de una familia muy prestante y con mucho arraigo en Santa Marta y el departamento del Magdalena: con tres senadores a bordo, cinco alcaldes y un gobernador, al igual que un sin número de otros cargos en la dirigencia política de la región. La familia de abolengo le había aportado tanto al Departamento, que seguía contribuyendo en gran parte con el progreso del territorio. Por eso, cuando el entuerto militar se descubrió, no hubo en Santa Marta quien no exclamara:
--- "¡Noojoda, si eso ocurre con un Vives, qué no pasará con un pobre diablo!".
De forma descarada, y para enmendar el error, Mauricio había sido sepultado en una fosa común de un cementerio de la ciudad, como un NN, sigla dada a los cadáveres sin identificar. Juan Ignacio, uno de sus hermanos mayores, recibió la dolorosa noticia de boca del propio comandante guerrillero, responsable del secuestro de Mauricio, y quien llamó enojado y sorprendido a la vez por la acción que consideró vil por parte del Ejército, como si en verdad les hubiera dolido la muerte de Mauricio:
--- "Esos hp lo mataron. Lo hicieron sin ninguna consideración. No les importó que era un rehén"--- dijo iracundo.
Juan Ignacio, al principio, no le creyó del todo, porque consideró que de pronto buscaba un pretexto, para disculparse por una posible falla de su grupo armado. Y no era para menos: además de responsables del secuestro de Mauricio, esperaban mantenerlo como prenda de garantía, para un futuro intercambio dentro de las negociaciones que por el entonces sostenían con el Gobierno, a fin de conseguir un feliz retorno a la vida civil. Pensó que, como se les había caído esa caución, pretendían ahora corregirla de manera descarada, culpando al Ejército.
--- ¿Está muerto? --- sólo atinó a preguntar Juan Ignacio, bastante triste.
El jefe guerrillero comprendió su poca confianza y por eso le indicó que si no creía, se trasladara por su propia cuenta hasta el sitio donde su hermano había sido sepultado como un subversivo dado de baja en combate y en una fosa común de un cementerio al noreste de la ciudad. Incluso, le dio las coordenadas de la mísera sepultura. A Juan Ignacio se le enredó la lengua, las manos empezaron a sudarle y por su mente comenzó a aparecer el rostro desconsolado de su madre Rosita. Se la imaginó irrumpiendo en un estado de llantos remanentes. Era seguro que la noticia la devastaría por dentro. Su preocupación, sin embargo, gravitaba en lo que quedaría de ella después de que pasara semejante tortura. La señora Rosita, a pesar de proceder de una familia también de finos modales y fortuna de cuna, hasta esos momentos prevalecía como si viniera de un hogar de extracción muy humilde, porque seguía sin desfallecer como un roble, pese a las últimas circunstancias adversas.
Juan Ignacio optó por hacerle caso al cabecilla, con la indecisión de aceptar si en realidad era verdad o mentira lo que el sedicioso le había dicho. Recuerda que salió esa noche de su apartamento en el edificio El Rosal, en un exclusivo sector de Santa Marta, más tembloroso que una gelatina y enfrascado en un solo pensamiento: encontrar la fosa común de su hermano. A duras penas podía mover sus manos sobre el timón del Corsa y lo hacía de forma mecánica. Condujo hasta el cementerio como un zombi, sin saber por donde se movilizaba. En el trayecto de su apartamento hasta el camposanto existe una distancia de por lo menos 3 kilómetros, hay tres avenidas con sus respectivos semáforos, pero él no recuerda haber pasado por debajo de ellos. Sólo sabe que llegó a la necrópolis en cuestión de unos segundos.
El lugar estaba cerrado y semioscuro, y por eso no pudo ingresar de inmediato al sitio, porque a la entrada había una guardarraya que se lo impedía. Hizo sonar el pito de su automóvil en repetidas ocasiones, hasta que apareció por entre la penumbra un hombre joven y con un uniforme azul oscuro, sosteniendo una escopeta hechiza calibre 16 entre sus manos. El vigilante resultó ser un conocido, a quien Juan Ignacio contrató alguna vez en la construcción de un centro comercial de su propiedad. El guarda, al conocer las razones por las cuales Juan Ignacio había llegado hasta allí y a esas horas, y porque sabía de quién se trataba, le prestó toda su colaboración. Incluso, le sirvió como guía dentro del camposanto, para hallar la tumba ordinaria donde habían sepultado a su hermano como un desconocido. Las luces del automotor iluminaron la parte sombría donde enterraban a los NN, ubicada en el trasfondo del cementerio. Con las coordenadas entregadas por el jefe guerrillero escudriñó la sepultura solitaria y después de unos minutos, por fin la encontró al lado de otras que permanecían en el olvido. No ahondó más en la exploración noctámbula, para no dañar cualquier evidencia posible y se devolvió después por el mismo camino por donde había venido, más tembloroso que un enfermo de parkinson. El regreso estuvo bastante hostigado por sus nervios y preocupaciones. El corazón le palpitó a un ritmo acelerado, mientras su mente siguió pensando en su sufrida madre. Le preocupaba la manera como recibiría la dura noticia, debido a la incertidumbre que existía por los antecedentes ya mencionados: el asesinato de su hermano mayor, quien fue muerto de forma salvaje por un grupo de secuestradores frustrados en una finca ubicada en los contornos de la urbe y el fallecimiento después de su padre. En ambas ocasiones funestas, la señora Rosita se quiso morir. Lloró con mucho ahínco durante las nueve noches. Y en la medida en que fueron pasando los días, sus lamentos se redujeron, pero no porque se había desvanecido el dolor por la pérdida de sus seres queridos, sino porque ya no le quedaban más lágrimas ni fuerzas para seguir soportando ese padecimiento que perdura, luego del fallecimiento de un familiar amado. El acabose vino más tarde, con el secuestro de su hijo Mauricio, hacía ya más de un año. Sus glándulas lagrimales se habían secado. Y aunque los sollozos seguían constantes, continuaba quejándose como la primera vez, cuando la infelicidad tocó por primera ocasión a la puerta de su confortable mansión.
En otro lugar de la ciudad, y en una ceremonia especial que se cumplía esa misma noche del 22 de mayo de 2007, en el casino de oficiales de la guarnición militar, el General acabó sentándose en un sofá que había en el salón muy concurrido, tal vez para prevenirse de una posible caída por la noticia recién recibida. Dicen que empezó a sudar frío y se estiró varias veces la solapa de su uniforme, como si sintiera calor. El Jefe del Estado Mayor Conjunto, un coronel paisa, fue quien le entregó los detalles de la operación inicua. Todo había sido bien planeado, sin dejar ningún cabo suelto. Pero como no hay un crimen perfecto, el plan macabro terminaría descubriéndose después de que Juan Ignacio culminara con la búsqueda de la verdad.
A la mañana siguiente, a las 8:00, Juan Ignacio salió de nuevo de su apartamento y se dirigió hacia la Fiscalía. No le dijo a nadie hacia dónde iba, para no alarmar a su familia y ni siquiera a su esposa, y evitar así que se filtrara la horrible noticia en el seno del hogar de su madre Rosita. Además, aún no confirmaba que el cuerpo sepultado correspondía al de su hermano. En esos momentos creía que si en verdad su hermano yacía allí, debía de estar tan irreconocible, que tal vez por eso los militares y los encargados del levantamiento del cadáver, no lo reconocieron al momento de llevar a cabo la diligencia de inspección judicial, y por ello lo sepultaron como un NN. Pensaba todavía en una inocencia militar. Sin embargo, seguía confiando en la justicia divina y en que todo se aclararía, cuando exhumaran y examinaran el cuerpo sumergido en la miserable tumba.
Ya en la oficina de la Fiscalía, expuso su delación y allí lo atendieron como a cualquier querellante y sin ninguna preferencia. Debieron pensar que estaba loco, pero tuvieron que acoger su requerimiento, porque era el deber de ellos hacerlo como a cualquier otro ciudadano. El fiscal en turno hizo lo pertinente: pidió una orden judicial a un juez de la República, y ya para las horas de la tarde, logró el permiso y de inmediato solicitó el acompañamiento de un funcionario de Medicina Legal. Cuando caía la tarde, y en el cielo de Santa Marta se veía el maravilloso espectáculo del crepúsculo, se dio inicio a la exhumación. Juan Ignacio era el único civil en medio de los peritos de la Fiscalía y de Medicina Legal, los cuales vestían overoles blancos. La ciudad entera, y por supuesto su familia, ignoraban lo que estaba a punto de corroborar en unos minutos y en medio de la sordidez de aquel lote de sepulturas ignoradas.
Apenas vio los primeros indicios de la perforada piel del interfecto, supo enseguida que se trataba de Mauricio. Lo reconfirmó cuando observó el anillo de matrimonio en su dedo anular, tan intacto y reluciente, que difícil era pasar por alto. Se preguntó de inmediato por qué los peritos judiciales del Cuerpo Técnico de Investigaciones de la Fiscalía no se dieron cuenta de esa argolla, que les hubiera facilitado la identidad de su dueño. Cuando al final del desenterramiento quitaron la envoltura de la sábana blanca a la altura de su rostro, pudo ver la cara incólume, aunque pálida, de su hermano Mauricio. Parecía estar durmiendo. Sus finas facciones continuaban indemnes. Las diferencias del prototipo de un guerrillero se notaban a leguas, con una notoriedad enorme, como de ir y venir a la luna. Entonces, la confusión empezó a confrontarlo.
Juan Ignacio siempre se había caracterizado, incluso hasta ese día, por ser un hombre pasivo, temperamental, pero sereno. Pocas veces se salía de sus casillas y si lo hacía, no lo demostraba. Sin embargo, ese día, la bilis por poco se le revuelve, y no era para menos. Sin ser un experto ni juez, sacó en conclusión que la muerte de su hermano no sólo había sido un asesinato de lesa humanidad, sino que algo turbio había detrás de su crimen. ¿Por qué lo habían sepultado como un NN, si estaba identificable? Fue el primer interrogante que se hizo a lo que ratificó el deceso de Mauricio un día después de su muerte. El cuestionamiento que vino después se fundamentó en hallar una explicación al motivo por el cual, su hermano, había sido enterrado de esa manera. Las preguntas, sin respuestas, comenzaron a torpedearle dentro de la cabeza a partir de esos instantes. Aunque fueron unos momentos muy tensos, en los cuales sintió por unos segundos enloquecerse, hasta el punto de que maldijo en dos oportunidades, se mantuvo seguro y sin derramar una sola lágrima. Buscaría las respuestas más tarde, luego de que se encargara de los despojos de su hermano y de la dura tarea de informarle a toda su familia, sobretodo a su madre Rosita, quien aún no se reponía de la pérdida de su otro hijo mayor y la de su esposo.
Lo primero que hizo fue llamar por celular a su hermano mayor, el senador Luís Eduardo, quien como era de esperarse, irrumpió en un prolongado llanto. Le resumió en unos cuantos minutos todo lo que había hecho, para dar con la sepultura común de su difunto hermano, y le anticipó lo que haría después: llevaría los restos al mausoleo de la familia en el cementerio tradicional del centro de Santa Marta.
Continuará...




