El muerto que el Ejército no pudo tapar




Primera Parte


El General Paredes, cuando escuchó la noticia, sufrió un colapso de nervios que no le permitió terminar lo que estaba haciendo en esos momentos. El trago a la roca que bebía esa noche se le derramó sobre su impecable uniforme de gala.
Era el 22 de mayo del año 2007. La señora Rosita, en casa, seguía muy triste por la ausencia de su quinto hijo, nacido de la unión con el empresario José Benito, quien heredó la sapiencia de su padre, el responsable de la dinastía que había tomado varias veces las riendas de la ciudad. Ya sus ojos cansados no tenían lágrimas qué derramar; todas se habían ido con la muerte violenta de su hijo mayor, con la partida repentina de su esposo y ahora con la separación obligada de su hijo Mauricio. En su espíritu aún anidaba la esperanza de volverlo a ver, regresando a casa con el mismo rostro sonriente y con el que se había ido la última vez. Ella no sabía lo que al General Paredes le acababan de informar hacía unos minutos y cuya noticia le había causado un desbarajuste emocional. El Ejército se preocupaba en el entonces por cambiar la mala imagen que lo mostraba como el responsable de las transgresiones a los derechos humanos, por lo que una novedad tan dañina como la que le acababan de entregar, daba al traste con el nuevo perfil que le querían imponer a la institución castrense.
Mauricio, sin que lo supiera su madre Rosita, había sido asesinado ese día por la mañana en medio de un cruce de fuego entre las tropas del Ejército y el grupo guerrillero que lo mantenía en cautiverio. Su crimen, según los testimonios que se presentaron después en el juicio que se llevó a cabo ante la justicia penal militar, enseñó una vez más que ser víctima de un secuestro en Colombia era un asunto de vida o muerte, sobretodo cuando intervenían las fuerzas militares. Un riesgo que nadie quería tomar, para no llevar ese peso en la conciencia. Y es que el muerto, en esa ocasión, no fue uno cualquiera. Se trató del miembro de una familia muy prestante y con mucho arraigo en Santa Marta y el departamento del Magdalena: con tres senadores a bordo, cinco alcaldes y un gobernador, al igual que un sin número de otros cargos en la dirigencia política de la región. La familia de abolengo le había aportado tanto al Departamento, que seguía contribuyendo en gran parte con el progreso del territorio. Por eso, cuando el entuerto militar se descubrió, no hubo en Santa Marta quien no exclamara:
--- "¡Noojoda, si eso ocurre con un Vives, qué no pasará con un pobre diablo!".
De forma descarada, y para enmendar el error, Mauricio había sido sepultado en una fosa común de un cementerio de la ciudad, como un NN, sigla dada a los cadáveres sin identificar. Juan Ignacio, uno de sus hermanos mayores, recibió la dolorosa noticia de boca del propio comandante guerrillero, responsable del secuestro de Mauricio, y quien llamó enojado y sorprendido a la vez por la acción que consideró vil por parte del Ejército, como si en verdad les hubiera dolido la muerte de Mauricio:
--- "Esos hp lo mataron. Lo hicieron sin ninguna consideración. No les importó que era un rehén"--- dijo iracundo.
Juan Ignacio, al principio, no le creyó del todo, porque consideró que de pronto buscaba un pretexto, para disculparse por una posible falla de su grupo armado. Y no era para menos: además de responsables del secuestro de Mauricio, esperaban mantenerlo como prenda de garantía, para un futuro intercambio dentro de las negociaciones que por el entonces sostenían con el Gobierno, a fin de conseguir un feliz retorno a la vida civil. Pensó que, como se les había caído esa caución, pretendían ahora corregirla de manera descarada, culpando al Ejército.
--- ¿Está muerto? --- sólo atinó a preguntar Juan Ignacio, bastante triste.
El jefe guerrillero comprendió su poca confianza y por eso le indicó que si no creía, se trasladara por su propia cuenta hasta el sitio donde su hermano había sido sepultado como un subversivo dado de baja en combate y en una fosa común de un cementerio al noreste de la ciudad. Incluso, le dio las coordenadas de la mísera sepultura. A Juan Ignacio se le enredó la lengua, las manos empezaron a sudarle y por su mente comenzó a aparecer el rostro desconsolado de su madre Rosita. Se la imaginó irrumpiendo en un estado de llantos remanentes. Era seguro que la noticia la devastaría por dentro. Su preocupación, sin embargo, gravitaba en lo que quedaría de ella después de que pasara semejante tortura. La señora Rosita, a pesar de proceder de una familia también de finos modales y fortuna de cuna, hasta esos momentos prevalecía como si viniera de un hogar de extracción muy humilde, porque seguía sin desfallecer como un roble, pese a las últimas circunstancias adversas.
Juan Ignacio optó por hacerle caso al cabecilla, con la indecisión de aceptar si en realidad era verdad o mentira lo que el sedicioso le había dicho. Recuerda que salió esa noche de su apartamento en el edificio El Rosal, en un exclusivo sector de Santa Marta, más tembloroso que una gelatina y enfrascado en un solo pensamiento: encontrar la fosa común de su hermano. A duras penas podía mover sus manos sobre el timón del Corsa y lo hacía de forma mecánica. Condujo hasta el cementerio como un zombi, sin saber por donde se movilizaba. En el trayecto de su apartamento hasta el camposanto existe una distancia de por lo menos 3 kilómetros, hay tres avenidas con sus respectivos semáforos, pero él no recuerda haber pasado por debajo de ellos. Sólo sabe que llegó a la necrópolis en cuestión de unos segundos.
El lugar estaba cerrado y semioscuro, y por eso no pudo ingresar de inmediato al sitio, porque a la entrada había una guardarraya que se lo impedía. Hizo sonar el pito de su automóvil en repetidas ocasiones, hasta que apareció por entre la penumbra un hombre joven y con un uniforme azul oscuro, sosteniendo una escopeta hechiza calibre 16 entre sus manos. El vigilante resultó ser un conocido, a quien Juan Ignacio contrató alguna vez en la construcción de un centro comercial de su propiedad. El guarda, al conocer las razones por las cuales Juan Ignacio había llegado hasta allí y a esas horas, y porque sabía de quién se trataba, le prestó toda su colaboración. Incluso, le sirvió como guía dentro del camposanto, para hallar la tumba ordinaria donde habían sepultado a su hermano como un desconocido. Las luces del automotor iluminaron la parte sombría donde enterraban a los NN, ubicada en el trasfondo del cementerio. Con las coordenadas entregadas por el jefe guerrillero escudriñó la sepultura solitaria y después de unos minutos, por fin la encontró al lado de otras que permanecían en el olvido. No ahondó más en la exploración noctámbula, para no dañar cualquier evidencia posible y se devolvió después por el mismo camino por donde había venido, más tembloroso que un enfermo de parkinson. El regreso estuvo bastante hostigado por sus nervios y preocupaciones. El corazón le palpitó a un ritmo acelerado, mientras su mente siguió pensando en su sufrida madre. Le preocupaba la manera como recibiría la dura noticia, debido a la incertidumbre que existía por los antecedentes ya mencionados: el asesinato de su hermano mayor, quien fue muerto de forma salvaje por un grupo de secuestradores frustrados en una finca ubicada en los contornos de la urbe y el fallecimiento después de su padre. En ambas ocasiones funestas, la señora Rosita se quiso morir. Lloró con mucho ahínco durante las nueve noches. Y en la medida en que fueron pasando los días, sus lamentos se redujeron, pero no porque se había desvanecido el dolor por la pérdida de sus seres queridos, sino porque ya no le quedaban más lágrimas ni fuerzas para seguir soportando ese padecimiento que perdura, luego del fallecimiento de un familiar amado. El acabose vino más tarde, con el secuestro de su hijo Mauricio, hacía ya más de un año. Sus glándulas lagrimales se habían secado. Y aunque los sollozos seguían constantes, continuaba quejándose como la primera vez, cuando la infelicidad tocó por primera ocasión a la puerta de su confortable mansión.
En otro lugar de la ciudad, y en una ceremonia especial que se cumplía esa misma noche del 22 de mayo de 2007, en el casino de oficiales de la guarnición militar, el General acabó sentándose en un sofá que había en el salón muy concurrido, tal vez para prevenirse de una posible caída por la noticia recién recibida. Dicen que empezó a sudar frío y se estiró varias veces la solapa de su uniforme, como si sintiera calor. El Jefe del Estado Mayor Conjunto, un coronel paisa, fue quien le entregó los detalles de la operación inicua. Todo había sido bien planeado, sin dejar ningún cabo suelto. Pero como no hay un crimen perfecto, el plan macabro terminaría descubriéndose después de que Juan Ignacio culminara con la búsqueda de la verdad.


A la mañana siguiente, a las 8:00, Juan Ignacio salió de nuevo de su apartamento y se dirigió hacia la Fiscalía. No le dijo a nadie hacia dónde iba, para no alarmar a su familia y ni siquiera a su esposa, y evitar así que se filtrara la horrible noticia en el seno del hogar de su madre Rosita. Además, aún no confirmaba que el cuerpo sepultado correspondía al de su hermano. En esos momentos creía que si en verdad su hermano yacía allí, debía de estar tan irreconocible, que tal vez por eso los militares y los encargados del levantamiento del cadáver, no lo reconocieron al momento de llevar a cabo la diligencia de inspección judicial, y por ello lo sepultaron como un NN. Pensaba todavía en una inocencia militar. Sin embargo, seguía confiando en la justicia divina y en que todo se aclararía, cuando exhumaran y examinaran el cuerpo sumergido en la miserable tumba.
Ya en la oficina de la Fiscalía, expuso su delación y allí lo atendieron como a cualquier querellante y sin ninguna preferencia. Debieron pensar que estaba loco, pero tuvieron que acoger su requerimiento, porque era el deber de ellos hacerlo como a cualquier otro ciudadano. El fiscal en turno hizo lo pertinente: pidió una orden judicial a un juez de la República, y ya para las horas de la tarde, logró el permiso y de inmediato solicitó el acompañamiento de un funcionario de Medicina Legal. Cuando caía la tarde, y en el cielo de Santa Marta se veía el maravilloso espectáculo del crepúsculo, se dio inicio a la exhumación. Juan Ignacio era el único civil en medio de los peritos de la Fiscalía y de Medicina Legal, los cuales vestían overoles blancos. La ciudad entera, y por supuesto su familia, ignoraban lo que estaba a punto de corroborar en unos minutos y en medio de la sordidez de aquel lote de sepulturas ignoradas.
Apenas vio los primeros indicios de la perforada piel del interfecto, supo enseguida que se trataba de Mauricio. Lo reconfirmó cuando observó el anillo de matrimonio en su dedo anular, tan intacto y reluciente, que difícil era pasar por alto. Se preguntó de inmediato por qué los peritos judiciales del Cuerpo Técnico de Investigaciones de la Fiscalía no se dieron cuenta de esa argolla, que les hubiera facilitado la identidad de su dueño. Cuando al final del desenterramiento quitaron la envoltura de la sábana blanca a la altura de su rostro, pudo ver la cara incólume, aunque pálida, de su hermano Mauricio. Parecía estar durmiendo. Sus finas facciones continuaban indemnes. Las diferencias del prototipo de un guerrillero se notaban a leguas, con una notoriedad enorme, como de ir y venir a la luna. Entonces, la confusión empezó a confrontarlo.
Juan Ignacio siempre se había caracterizado, incluso hasta ese día, por ser un hombre pasivo, temperamental, pero sereno. Pocas veces se salía de sus casillas y si lo hacía, no lo demostraba. Sin embargo, ese día, la bilis por poco se le revuelve, y no era para menos. Sin ser un experto ni juez, sacó en conclusión que la muerte de su hermano no sólo había sido un asesinato de lesa humanidad, sino que algo turbio había detrás de su crimen. ¿Por qué lo habían sepultado como un NN, si estaba identificable? Fue el primer interrogante que se hizo a lo que ratificó el deceso de Mauricio un día después de su muerte. El cuestionamiento que vino después se fundamentó en hallar una explicación al motivo por el cual, su hermano, había sido enterrado de esa manera. Las preguntas, sin respuestas, comenzaron a torpedearle dentro de la cabeza a partir de esos instantes. Aunque fueron unos momentos muy tensos, en los cuales sintió por unos segundos enloquecerse, hasta el punto de que maldijo en dos oportunidades, se mantuvo seguro y sin derramar una sola lágrima. Buscaría las respuestas más tarde, luego de que se encargara de los despojos de su hermano y de la dura tarea de informarle a toda su familia, sobretodo a su madre Rosita, quien aún no se reponía de la pérdida de su otro hijo mayor y la de su esposo.

Lo primero que hizo fue llamar por celular a su hermano mayor, el senador Luís Eduardo, quien como era de esperarse, irrumpió en un prolongado llanto. Le resumió en unos cuantos minutos todo lo que había hecho, para dar con la sepultura común de su difunto hermano, y le anticipó lo que haría después: llevaría los restos al mausoleo de la familia en el cementerio tradicional del centro de Santa Marta.

Continuará...

El día en que la Ciénaga se tiñó de rojo




- Por Álvaro Cotes Córdoba -




A la memoria de las personas que fueron asesinadas por el paramilitarismo, durante más de veinte años en Colombia.




Una mancha roja se acercaba poco a poco al bote donde permanecía solo Pedro Carrillo, en medio de la inmensidad de la Ciénaga Grande. Sin embargo, él no se daba cuenta, porque estaba ocupado con la complicada tarea de desenredar la red, con la cual se aprestaba a realizar su faena de todos los días. Apenas llevaba allí quince minutos, tras navegar durante dos horas desde Nueva Venecia, el pueblo palafito donde vivía con su esposa y sus dos hijos. El lugar era uno de los más visitados por los pescadores de la región, por la gran cantidad de peces que siempre se conseguían allí. No obstante, esa mañana, el sitio se encontraba sin una sola alma alrededor, lo más extraño del mundo.
El día se sentía cálido y se veía con un cielo despejado. El sol empezaba a asomarse por detrás de la Sierra Nevada, a unos cinco mil metros de distancia. En cuestión de un par de minutos, la mancha rodeó la canoa, en un radio de cincuenta metros a la redonda. Pedro la advirtió poco después, cuando terminó de desenmarañar la red. Se asustó por unos segundos, pero de inmediato recapacitó y pensó que tal vez se trataba de alguna sustancia que alguien de manera irresponsable había derramado en aquellas aguas dormidas. Podía ser una reacción química causada por los tantos fertilizantes que los dueños de fincas, alrededor de la Ciénaga, solían usar en sus predios. Empero, decidió comprobarlo con sus propias manos, y tomó una muestra que se acercó después hasta la nariz.
Olía a sarna revuelta con ví
scera de pescado. A pesar de que estaba acostumbrado a olores más fuertes, aquel le hizo sacudir todo el cuerpo y le recordó un sitio muy visitado: el caño de La Auyama de Barranquilla, al cual frecuentaba al final de cada mañana, cuando culminaba su redada. En ese mercado persa vendía lo recogido durante su rutinaria actividad diaria por la Ciénaga Grande. Unas veces le iba bien y otras mal. Las pocas ocasiones que le fue fue mal, regresó a casa por lo menos con comestibles que no se vendían en Nueva Venecia. Una vez le fue tan mal, que apenas pudo comprar medio arroz chino, con el cual almorzaron, comieron y desayunaron después: él, su esposa y sus dos pequeños hijos, quienes por poco mueren deshidratados a la mañana siguiente tras desayunar la sobra que había amanecido a la intemperie. Fueron víctimas de una diarrea pluvial que les duró tres días.
El poblado supracuático, por ser una aldea apartada en medio de la nada y por ser muy pobre, carecía de electricidad. De modo que nadie tenía una nevera. ¿Para qué, si no hay energía?, decían. El agua que bebían era traída en canecas y a través de sendas canoas desde Ciénaga o Pueblo Viejo, los dos municipios más cercanos al norte de aquel paraje pantanoso. Cada galón de agua costaba una fortuna y estaba entre los artículos de primera necesidad dentro de la canasta familiar de los habitantes de Nueva Venecia. Después del pescado, el preciado líquido era el segundo en importancia, a pesar de que vivían cercados de agua.
Como todavía no estaba seguro de lo que se trataba, Pedro Carrillo resolvió seguir el rastro de la mancha roja, una vez concluyera de pescar. Por eso, sin más miramientos, arrojó su red sobre las teñidas aguas. La sorpresa que vino después superó el desconcierto que había tenido momentos antes, cuando descubrió el color púrpura flotante. Ni un solo pez extrajo tras lanzar la red en repetidas ocasiones sobre aquella superficie acuática. Algo inaudito acontecía en la Ciénaga Grande. Primero, la mancha roja, luego la ausencia de pez en una zona inagotable, donde los cardúmenes se amontonaban. Insistió una y tres veces más, pero el resultado fue siempre el mismo. Vapuleado por la mala suerte, renunció a seguir intentándolo. Prefirió entonces averiguar lo que sucedía y se enrumbó a seguir el trazado que había dejado la mancha roja que se extendía cada vez más a lo largo y ancho de la Ciénaga Grande, como si fuera una sombra colorada que se estiraba con el viento, aunque no había viento.
Transcurrida hora y media de navegar por las encarnadas aguas, se dio cuenta de que la mancha carmesí se ponía más delgada cada vez que se acercaba a su pueblo natal. A lo que llegó a las postrimerías de las primeras casas, sintió un silencio insondable que le causó escalofríos. Nunca antes había experimentado nada igual en aquel pueblo donde había nacido, crecido y vivido por siempre. El mutismo era espantoso y la soledad abominable. No se veía a nadie por entre el cúmulo de viviendas prehistóricas. Parecía que los habitantes se habían ido de sus casas. Se preocupó entonces por su familia y empujó la canoa con mayor fuerza hacia su sencilla residencia de madera. En el trayecto pasó por el frente de la vivienda del viejo Alfonso Flórez, a quien extrañó no ver asomado por la ventana, en donde permanecía días y noches, pendiente a todo.
El anciano tenía la reputación de ser el más chismoso de la pequeña localidad lacustre. No se le pasaba una, y en la actualidad llevaba viviendo allí 88 años y sólo padecía de una sordera en un oído y un problema de locomoción que lo mantenía postrado en una silla de tablas, de la cual no se levantaba salvo para ir a dormir o bañarse, actividades diarias de las que se encargaba su única hija mujer, Margarita Flórez Fuentes. La ausencia del viejo Alfonso Flórez en la ventana era algo inusual. Demostraba que en el caserío ocurría un acontecimiento jamás vivido.

Pedro Carrillo no sospechaba lo que pasaba y ni siquiera podía expecular con la imaginación, ya que no había antecedentes de una situación igual. Al arribar a su humilde morada, edificada con listones de carreto, atracó el bote a uno de los pilotes, sostén de su desdichado albergue erigido desde antaño. Una vez ató los cabos al madero, subió a la plataforma o piso de tablones y entró a su modesto rancho. En el interior sintió el olor de la desgracia: percibió la intromisión de algún agente extraño que había distorsionado el aroma de su hogar, el cual siempre olía a sus hijos.

Continúa

Novela

1
El general Gastelbondo arribó por la tarde en un helicóptero de combate al comando operativo de contraguerrilla número 2, ubicado en un sector rural del municipio de Aracataca, con el fin de ponerse al frente de la operación de rescate de ocho extranjeros secuestrados por un grupo subversivo en la Sierra Nevada de Santa Marta. El coronel Solano, jefe del estado mayor conjunto de la Primera División del Ejército, lo acompañaba junto con otros dos oficiales de menor rango, los cuales lo escoltaban a todas partes. El capitán Flórez, comandante de la estación militar, salió a recibirlos hasta el helipuerto de la base. Apenas vio que descendieron de la aeronave de asalto, distinguió al General por su voluminoso abdomen y en la medida en que se fue acercando a él, se dio cuenta de que no era el mismo que había dejado de ver hacía un año. Tenía el pelo más blanco y menos brillante.
--- ¡Mi General, bienvenido al comando operativo de contraguerrilla número 2. Me reporto con la novedad del secuestro de los ocho turistas extranjeros en la Sierra Nevada!--- le gritó fuerte para que lo oyera, cuando lo tuvo cerca.
El alto oficial de tres soles correspondió al saludo con su mano derecha en la frente, haciendo un esfuerzo para sostenerla en ese lugar de su cara y en contra del viento que producía la hélice del helicóptero, luego anotó con un buen humor:
--- ¡Con semejante novedad, no debería de darme un parte tan efusivo!
--- ¡Como usted ordene, mi General!--- respondió con el mismo vigor el capitán Flórez.
El militar de elevado rango, a pesar de su sobrepeso y longevidad, irradiaba el místico donaire de los generales del siglo veinte. Alcanzaba casi los dos metros de estatura, lo que lo ayudaba en su apariencia personal. En el pecho, a la altura de su corazón, exhibía las condecoraciones que había obtenido a lo largo de su carrera promisoria en el Ejército. La piel que se asomaba por su rostro y manos, mostraba el color pálido de las personas que pasan todo el tiempo bajo techo. Los que lo trataban, sin embargo, decían que no era un militar de oficinas y cocteles, sino un soldado de armas tomar.
Los oficiales se dirigieron después hasta las oficinas administrativas de la sede militar, en donde el general Gastelbondo fue puesto al corriente de los pormenores del múltiple secuestro. De igual manera fue enterado de las tácticas que emplearían, una vez reanudaran las operaciones aéreas y terrestres, suspendidas por el mal tiempo. Aunque en las montañas de la Sierra Nevada seguía cayendo un diluvio, en Aracataca y gran parte de la zona se disfrutaba de un tiempo seco. La temperatura era agradable y en el ambiente se respiraba un dulce aire decembrino. Los dos últimos meses en la región norteña habían sido de intensas lluvias. Las precipitaciones aluviales caían con vientos huracanados, causando el desbordamiento de los ríos e inundaciones que arrasaban los cultivos de pan coger. El clima parecía estar en contra del territorio y de las autoridades militares.
--- ¿Cuánto tiempo nos llevan?--- preguntó el general Gastelbondo, ya en la oficina del capitán Flórez, en donde se habían reunido para finiquitar los detalles de la operación de rescate.
--- Nueve horas y media, mi General--- contestó el oficial Flórez.
El Capitán se encontraba al frente de las acciones que se reiniciarían a partir del momento en que escampara en las mencionadas montañas nevadas, por donde eran llevados cautivos los ocho extranjeros hacia algún lugar de ese macizo intertropical. Con doce años en la milicia, Flórez había logrado no sólo la experiencia necesaria en combates contra la insurgencia, sino también la fama que lo erigía como uno de los mejores oficiales del ejército por su abnegada vocación a la patria y disciplina castrense.
--- Todas las fuerzas del Ejército nacional deben de estar comprometidas en esta misión--- habló de nuevo el general Gastelbondo, quien se había sentado delante del escritorio del capitán Flórez
--- Las instrucciones del señor Presidente son las de traer sanos y salvos a los rehenes, antes de que decline el día; no vamos a ser inferiores a ese reto --- agregó.
Mientras, de su ojo izquierdo salía una sustancia acuosa, que a cada instante se quitaba con un pañuelo blanco.
--- No seremos más alpiste de la prensa y el Senado --- afirmó después.
Las palabras del General levantaron el ánimo del capitán Flórez, quien reconocía la importancia de dirigir la operación de liberación de los rehenes. Para el coronel Solano, jefe del estado mayor conjunto de la División, al igual que para los dos tenientes escoltas, el vocablo utilizado por el alto oficial era el mismo que usaba en las sesiones privadas de la plana mayor.
--- Señor --- interrumpió el capitán Flórez --- estoy seguro de que esta vez si vamos a contrarrestarlos.
Gastelbondo miró al coronel Solano y éste hizo un gesto de asombro: abrió sus ojos más de lo normal y frunció la frente. El coronel Solano aparentaba una edad mayor con su calvicie, pero en realidad andaba en los 40.
--- ¿Se dio cuenta usted, Coronel? --- preguntó el general Gastelbondo --- Estos son los hombres que necesitamos en nuestro Ejército --- puntualizó después, refiriéndose a la actitud positiva asumida por el oficial Flórez.
En la oficina con aire acondicionado se respiraba un ambiente de comodidad. Los muebles lucían impecables y modernos, entre los que se destacaba una pequeña mesa de bar con licores de varias marcas. Había en las paredes cuadros de pintura con caballos al galope y en dos lugares distintos del recinto privado relumbraba un computador de escritorio con pantalla plana y un portátil que estaba cerrado, el cual se hallaba sobre el escritorio de Flórez.
2
Un par de millas distantes de allí, el grupo guerrillero con los ocho secuestrados había acampado en un paraje próximo al cauce de un río, para protegerse de la incesante lluvia fría. Se habían refugiado en unos cambuches por grupos de a cuatro, menos en donde permanecían aislados los rehenes. El reducto subversivo estaba compuesto por veinte combatientes armados hasta por los dientes. El jefe de la cuadrilla belicosa respondía al nombre de Boris Rojas, un costeño de piel trigueña y temperamento fuerte. En esos momentos era el último cabecilla que seguía delinquiendo en la inmensa Sierra Nevada. Su tarea consistía en hallar los recursos económicos para el frente que encabezaba desde hacía diez años. En los últimos dos años, sin embargo, no habían secuestrado a nadie importante dentro de la jurisdicción, por lo que disfrutaban del grandioso momento que les había causado el plagio de los ocho turistas extranjeros.
Entre las víctimas de la retención ilegal habían tres israelitas, dos ingleses, dos alemanes y una española. Gloria Vega, la única mujer secuestrada, había ingresado al país con uno de los judíos: Damián Pertz, su novio. Se habían hecho amigos en Tel Aviv Jaffa, un viernes de verano. Ambos se adhirieron al grupo excursionista en Santa Marta.
El tremendo aguacero que caía los favorecía, porque las tropas del ejército habían suspendido las operaciones militares. Es mas, el descanso en el campamento improvisado había servido para que el cabecilla Boris Rojas, planeara una estrategia que permitiera llegar más rápido al lugar hacia donde se dirigían, pero tenían un problema: el único camino corto pasaba justo por los extramuros de la vereda donde vivía un jefe paramilitar que odiaba a muerte a los guerrilleros.
El Patrón, como le decían, poseía en el pequeño caserío un ejército de más de mil hombres que lo custodiaban y obedecían como si fuera un Dios. Se trataba de un hombre oriundo del interior del país, quien llegó a la Sierra Nevada en la década de los ochenta. Cuando lo hizo, su presencia fue valorada por un extranjero, dueño de unas extensas tierras en donde se cultivaba café. Con el tiempo, le dio una parcela, para que la trabajara. El Patrón puso a producir el terreno y a los cinco años estaba remunerándose un millón de pesos por las ventas de cosechas del grano nacional. No obstante, esa felicidad le duró hasta el día en que una columna de guerrilleros cercó su pequeña propiedad y una comisión de la organización izquierdista tocó a la puerta de su humilde rancho, para proponerle que a partir de entonces debía entregar la suma exacta de un millón de pesos, como pago de su contribución a la causa insurgente. Pero El Patrón no se dejó amedrentar, antes por el contrario, promovió entre el gremio de los terratenientes de la Sierra, una alianza para enfrentarlos y halló el apoyo de todos, la mayoría caciques políticos y miembros de familias prestantes de los tres departamentos con jurisdicción en la Sierra Nevada.
Se armó con un personal que buscó en las ciudades, ansiosos de salir de la pobreza por la vía más rápida. El objetivo primordial de la agrupación fue el de la autodefensa, que el Gobierno por el entonces avalaba como un derecho natural que tenían los dueños de sus propiedades. No obstante, el propósito se enrumbó por otros derroteros: traficaban con drogas, asesinaban y practicaban el mismo sistema chantajista de la guerrilla. El remedio fue peor que la enfermedad. Ahora gozaba de un respetado poder dentro de la Sierra Nevada. Su autoridad alcanzaba la parte noroccidental de las empinadas montañas, que cubrían numerosas veredas, así como dos corregimientos e incluso, llegaba hasta la capital Santa Marta, amén del pequeño caserío por donde Boris Rojas con sus combatientes y rehenes, se preparaban franquear sin ser vistos. Era el único camino corto que conocían, para llegar hasta el campamento madre, a 2.500 metros de altura.
--- ¿Qué sugieren ustedes, camaradas? --- preguntó Boris Rojas a sus dos más cercanos hombres, con los cuales se había reunido en uno de los cambuches.
Al cabecilla de la escuadra sediciosa le brillaba la cara redonda por la luz de una linterna exploradora en medio de la tienda rústica y porque aún se le veía mojada, a pesar de que se la había secado varias veces con una toalla que de manera permanente mantenía alrededor de su cuello, a modo de bufanda. Era un hombre bajito, grueso y de cabello aindiado. Fumaba mucho y por eso tal vez tenía los dientes amarillentos.
--- ¿Qué sugieren entonces, opinen, digan algo? --- volvió a interrogar a sus dos allegados.
Uno de los combatientes, el más delgado y alto, con una barba descuidada que le tapaba el rostro hasta los pómulos, opinó:
--- No estoy seguro, pero creo que lo mejor será engañarlos --- dijo.

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Relatos

Cinco días más tarde de su retorno a Santa Marta, en la intersección de las dos avenidas con mayor tráfico de la ciudad, durante una noche húmeda, Mario Ruiz fue asesinado por dos hombres en una moto de alto cilindraje. La burbuja azul en que se movilizaba quedó en una esquina, delante de un semáforo y con una puerta abierta hacia el andén. Los primeros en llegar al sitio fueron dos patrullas de la Sijín que rondaban no muy lejos del sector. El jefe de la unidad criminalística de la policía, el capitán Jaime Alfredo Laguada, arribó poco después a la escena del crimen, con un pedazo de hielo envuelto en un pañuelo y colocándoselo en un chichón que le había salido en la frente.
— ¿Qué tenemos? --- le preguntó a un uniformado que estaba de espalda. El agente volteó, y al ver que era el jefe de la unidad, le informó:
— Es un hombre, mi capitán, está muerto dentro del automotor.
— ¿Es conocido? — volvió a preguntar.
— Creo que no, mi capitán — le respondió el joven patrullero.
De inmediato, dos suboficiales de civil se le acercaron y tras el respectivo saludo hacia su superior, le informaron que se trataba del ex narcotraficante Mario Ruiz, el mismo que había asesinado hacía años a un coronel de la institución armada. El capitán Laguada abrió la portezuela de su auto particular y salió después. Por fin iba a conocer al hombre que mató a sangre fría a un coronel de la policía.
El capitán Laguada, sin dejar de aprisionar el pañuelo con el hielo sobre su frente, se dirigió hasta donde estaba el cuerpo sin vida de Mario Ruiz, luego ladeó la cabeza para buscar un mejor ángulo por donde apreciar bien el rostro de Mario Ruiz, quien yacía enredado entre las correas de protección del auto y a medio lado, con la cabeza que aún chorreaba sangre. Había quedado sentado frente al volante, pero con el torso hacia el costado izquierdo, como si hubiera querido salir corriendo del vehículo. Se le veían heridas por todas partes, por la cabeza, la cara, el cuello, las clavículas, el pecho y hasta por las piernas.
— ¡Capitán! — interrumpió su inspección ocular uno de los suboficiales que le había avisado sobre la identidad del occiso.
— ¿Qué? — respondió.
Laguada se apartó un adarme del cadáver y de esa parte delantera del automotor y dirigió después su mirada hacia el sargento requirente, un costeño con más años que él en la institución armada y quien venía caminando rápido desde la parte posterior del vehículo, por el flanco izquierdo del mismo.
— Dentro del auto hallamos esta pistola --- dijo, al tiempo que enseñaba y extendía una bolsa plástica y transparente, que guardaba una Beretta calibre 7.65. Laguada la reconoció apenas la vio blandiéndose en el aire, como si el material sintético que la protegía le quemara los dedos al veterano suboficial.
— ¿Qué le ocurre sargento, por qué tiembla? --- le preguntó el capitán, y el suboficial respondió que se trataba de un tic nervioso que se le exteriorizaba cada vez que presenciaba el cadáver de una persona.
— Tiene que ponerle mucho cuidado a ese problema, porque le puede dar un infarto en cualquier momento — le aconsejó Laguada.
El oficial agarró el claro envoltorio y lo llevó después al trasluz de uno de los faros del vehículo de la víctima, los cuales seguían encendidos a pesar de que el automotor había sido apagado por los otros policías que llegaron de primero al escenario del crimen.
— ¿No tiene número? — preguntó Laguada, y el sargento veterano le respondió:
— Lo tiene borrado, mi capitán, debajo del cañón — y le señaló hacia ese sitio de la automática pistola. Laguada acercó la bolsa de plástico con el arma de fuego, para ver la marca del borrado en la parte posterior del cañón y, en efecto, notó una peladura en la superficie plateada del cilindro de repercusión. Después preguntó si estaba cargada, y el sargento le dijo que no; ninguna sola bala había encontrado en el proveedor ni en la recámara.
— ¿Por qué querría este sujeto tener una pistola sin balas y oculta en el baúl de su auto? — preguntó.
El interrogante que el capitán Laguada había hecho, cuando observaba la pistola en la bolsa de plástico, para que cualquiera en la escena del crimen contestara, no tuvo una inmediata respuesta. El nervioso sargento, sin embargo, se atrevió a conjeturar después:
--- ¿No será, mi capitán, que se trata de una reliquia que el occiso guardaba con mucho recelo? --- dijo.
Al capitán Laguada se le prendió un bombillo en la mente, y quitándose el pañuelo empapado sobre la hinchazón, y sin dejar de reparar el arma de fuego a través del envoltorio transparente, señaló:
--- Hay que enviar el arma a balística, a lo mejor es la misma con la cual mataron hace años al coronel.
Aunque el crimen del oficial de alto rango no necesitó que lo resolvieran, porque enseguida se supo quién fue el autor, además, el responsable se entregó un mes después, lo cierto era que nunca encontraron el arma homicida. Mario Ruiz, en su confesión voluntaria, recalcó que no sabía dónde estaba el arma, porque una vez asesinó al coronel, la botó en su desesperada huida.
Laguada devolvió la bolsa de plástico al excitado sargento, quien de inmediato salió disparado a subirse en una moto estacionada al borde del pretil. Cuando la abordaba, el capitán Laguada, aún al pie del vehículo del interfecto, le recordó:
--- Una vez entregue el arma en balística, se me va para su casa: le dejo libre el resto del turno.
El sargento afanado no supo qué decir. Después, encendió la motocicleta y se fue, acelerando de una manera muy apresurada.
--- Ese tipo se va a matar por el camino --- dijo Laguada, dirigiéndose a otros dos uniformados que se le habían arrimado, para entregarle un papel que acababan de hallar, también, dentro del auto donde seguía la víctima.
--- ¿Qué es eso? --- preguntó.
--- Lo encontramos debajo del asiento, por entre los pies del muerto.
El oficial agarró el papel, el cual se veía pringado de sangre y lo leyó. En la hoja arrancada de alguna libreta, decía: "El que la hace la paga". El capitán Laguada analizó por unos segundos la frase y después sacó en conclusión:
--- ¿No será que esta nota la escribió el propio asesino? Si es así, estamos ante un caso de venganza personal --- confirmó.
Alrededor de la escena del crimen los establecimientos comerciales se veían cerrados. Ya eran las 9:00 de la noche de un sábado que había sido lluvioso desde las primeras horas de la mañana, por lo que la actividad comercial en la urbe se había visto afectada, casi en un cincuenta por ciento. La temperatura estaba como nunca antes a 20 grados. Sin embargo, y no se supo cuándo, una multitud de curiosos se había amontonado en la acera del frente de la esquina donde yacía Mario Ruiz sin vida, en el interior de su vehículo burbuja cuatro puertas. Entre los fisgones concurrentes se alcanzaba a notar Jairo Argüello, cuya sola presencia a esas horas y por ese lugar, despertaba muchas sospechas. Por eso no se mostraba delante de la multitud, prefería inmiscuirse entre la muchedumbre, donde se hincaba para divisar desde allí el teatro del cruel delito. Cuando el capitán Laguada se percató del gentío, y miró hacia el grupo grande de chismosos, Jairo Argüello se tapó el rostro con una caja de pizza que sostenía entre sus manos. No podía dejarse ver por el oficial, ya que se suponía no debía encontrarse por allí, sino en su habitación del cuartel de la institución a cuatro cuadras de allí.


SEGUNDA PARTE





Jairo Argüello acababa de llegar a la institución policial de Santa Marta después de que lo habían promovido al rango de teniente, curso que terminó en la escuela de oficiales de la ciudad capitalina un mes antes. Su deseo u obsesión personal se había hecho realidad a pesar de todo, aunque en el tiempo en que llevaba en la ciudad, su objetivo aún no se había cumplido.



Continuará...

Cárdenas Vs. Valdeblánquez

La vendetta del exterminio
1973 – 1983

La historia de dos familias que se mataron por una deshonra, causada por el incumplimiento de un compromiso matrimonial, es la que presenta el autor en esta crónica narrada en primera persona. En Santa Marta se desarrolló la mayor parte de la vendetta entre los Cárdenas y Valdeblánquez, los dos clanes guajiros que se enfrentaron a muerte hasta desaparecer en su totalidad. El primer carro bomba en Colombia, un tiroteo durante un sepelio que arrojó como saldo cinco muertos, asesinatos en la cárcel, balaceras en las calles, en los parques y establecimientos comerciales o públicos fueron, entre otros, algunos de los hechos que se recuerdan de ese pasado violento de una ciudad que hasta entonces había sido un remanso de paz...




-- Primera Parte –

Veinticinco años después de que finalizara la vendetta más sanguinaria que haya tenido Santa Marta en toda su historia, decido escribir de manera cronológica los hechos violentos que viví en carne propia desde cuando tenía 12 años de edad. No fue difícil recordar cada suceso, porque siguen intactos en mi memoria. Es un fenómeno extraño, pues siempre no recuerdo los registros noticiosos de una semana atrás. En cambio, los episodios de la guerra fratricida entre Cárdenas y Valdeblánquez, continúan vivos.
Llegaron en 1973, tres años después de que se enemistaran con los Valdeblánquez Levette. Primero arribó Argemiro Cárdenas Ducatt, junto con un primo. Llegó mal herido, con diez tiros en diferentes partes del cuerpo. Vladimir Gómez Ducatt, el primo, lo había traído en un bus mixto que detuvo en la carretera Troncal del Caribe, luego de que lo sacara hasta esa vía sobre sus hombros, tras ser tiroteado en una hamaca y en una finca cerca a Dibulla, Guajira. El hecho fue referido tal cual por Albenis Cárdenas Ducatt, Melba Cárdenas Ducatt, la muda –una de las sobrevivientes-- y la señora Digna Ducatt Cotes, hermanos y madre de Argemiro Cárdenas Ducatt y quienes fueron mis contactos permanentes a lo largo de esa convivencia violenta de un sombrío pasado. Albenis tenía una edad aproximada a la mía, Melba había hecho una amistad sincera conmigo y la señora Digna Ducatt Cotes me guardaba un afecto por el parentesco con el apellido. Fueron mis fuentes durante esos diez años en que duró la verdadera guerra entre los Cárdenas y Valdeblánquez.
El ángulo de observación, como ya se ha podido notar, será entonces del lado en que me tocó vivir la rencilla entre ambos clanes, como muchos otros lo experimentaron también, pero que por destino de la vida se dedicaron a otra cosa diferente que a contar historias. Según mis tres fuentes, Argemiro Cárdenas Ducatt había sido herido a tiros por los Valdeblánquez, porque un mes antes, Antonio ‘Toño’ Cárdenas Ducatt, su hermano, mató en defensa propia a Hilario Valdeblánquez, en una cantina de una esquina en donde se encontraban ingiriendo licor. ‘Toño’ Cárdenas Ducatt se hallaba sentado a una mesa con un amigo, bebiendo cervezas, mientras que en otra mesa, Hilario Valdeblánquez, hacía lo mismo con otros amigos. Hilario se encontraba muy borracho y había comenzado a vociferar una serie de improperios en contra de Roberto Cárdenas Ducatt, otro miembro de la familia Cárdenas Ducatt y por quien había empezado el resentimiento público entre las dos castas. Hilario Valdeblánquez decía que Roberto Cárdenas era un hp, a quien le enseñaría a comportarse como un hombre si se lo tropezaba en esos momentos. ‘Toño’ aguantó los insultos por un buen tiempo, hasta cuando vio que peligraba su vida: Hilario sacó un revólver y apuntó hacia él, quien en un acto de supervivencia se tiró al suelo, al mismo tiempo que desenfundaba su revólver colt viejo que poseía desde upa y disparó, con tan buena suerte para él y mala para Hilario, que el proyectil le alcanzó el corazón. La zurda de ‘Toño’ fue certera, pues la bala que pudo disparar antes de que cayera al piso, terminó con la vida de Hilario Valdeblánquez. Cuando se dio cuenta de lo que hizo, no tuvo más remedio que salir del lugar, para avisarle al resto de sus hermanos, menos a Roberto, quien se había ido de Dibulla un mes antes por evitar precisamente una confrontación con los hermanos de la mujer que había dejado plantada un día en el atrio de una iglesia. El tiempo que hubo en el momento en que Hilario Valdeblánquez cayó al suelo y el instante en que los hermanos de él se enteraran, bastó para que ‘Toño’ y el resto de sus hermanos lograran salir del pueblo.
El odio de los Valdeblánquez se duplicó y no fue para menos, pues además de avergonzados por la no presencia de Roberto Cárdenas ante el altar de la iglesia, para finiquitar el compromiso matrimonial con la mujer deshonrada, el agravio cambió a un asunto de proporción mayor, en el sentido de que la sangre de la familia había sido derramada. El rencor por el deshonor pasó de inmediato a un nivel más alto, por la intromisión violenta que conmocionó a la estirpe guajira. La venganza fue la alternativa a esa animadversión que estalló como un volcán.
Los Valdeblánquez lanzaron su lava ardiente de rabia por Dibulla, para cobrarse la pérdida de de su miembro. Fue entonces cuando hallaron a Argemiro Cárdenas Ducatt, escondido en la finca de sus primos Gómez Ducatt. Dormía en una hamaca, mientras un sol luminoso se levantaba sobre la sierra. Resultó ser una carnicería: las balas llovieron por todas partes. Sin embargo, Argemiro Cárdenas Ducatt quedó vivo, a pesar de que lo habían dejado como un colador.
La señora Digna Ducatt, cada vez que quería recordarlo, se arrimaba hasta un viejo baúl de madera y extraía un pantalón gris, una camisilla blanca y un solo calzado contraído por el tiempo. Fueron las últimas prendas de vestir que llevaba puestas ese día. Se las acercaba hasta el regazo e irrumpía en un gimoteo con suspiros y llantos. La primera vez que la vi en esa silenciosa pena, en la habitación donde dormitaba con su marido Alcibiades Cárdenas, comprendí que no estaba hecha con el mismo material de las mujeres que hasta entonces había conocido. Ella era de un componente más fuerte.
Continuará...